diciembre 14, 2025

De la iglesia a la Plaza

De la iglesia a la Plaza

Por Ariel Weinman*

Cuando todavía Buenos Aires bostezaba, la Marcha por la Dignidad y el Trabajo organizada por la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), Barrios de Pie (BdeP) y la Corriente Clasista y Combativa (CCC) con el apoyo del Papa Francisco se puso en movimiento este domingo 7 desde Cuzco y Rivadavia, muy cerquita de la parroquia San Cayetano en el barrio porteño de Liniers.

Antes el obispo Juan Carlos Ares bendijo a las mujeres y los hombres consagrados ante el santo del trabajo y leyó por medio de parlantes ubicados en el furgón de una camioneta el mensaje de Jorge Bergoglio: “los índices de desocupación son altos”, indicada el Papa, y agregaba que “lo que confiere el trabajo es dignidad”.

Mientras una cantidad indeterminable de fieles aún pugnaban por entrar a la iglesia, la cabeza de la columna abigarrada de dirigentes políticos, sindicales y sociales comenzó la larga caminata por la Avenida Rivadavia con destino a Plaza de Mayo. Entre ellos, este cronista pudo avizorar a Héctor Amichetti y Francisco Ozemo de la Federación Gráfica Bonaerense, Eduardo Berrozpe de la Asociación Bancaria, Osvaldo Iadarola de Telefónicos, Hugo Yasky de la CTA de los Trabajadores, “Cachorro” Godoy de ATE Nacional, Daniel Catalano de ATE Capital, Fabián Felman de la Central de Educadores Argentinos, Eduardo López de la Unión de Trabajadores de la Educación, Juan Carlos Alderete de la CCC, Esteban Castro de la CTEP y Fernando Navarro del Movimiento Evita.

Detrás de esos referentes se encolumnaron algunos miles de personas que estaban en esa zona desde hora temprana con sus símbolos y estandartes característicos. Una marea abigarrada de cuerpos y trapos se agitaban en un movimiento acompasado y sonoro en la mañana que ya prometía una jornada espléndida y apacible. Una brisa surcaba la Avenida con la intensidad justa para desplegar en su totalidad las banderas de todos los colores imaginados –en verdad con leve predominio del azul- de las organizaciones participantes.

La comparación con aquel 7 de agosto de 1979, en plena dictadura cívico-militar protagonizada por la CGT de “Paz, Pan y Trabajo” conducida por Saúl Ubaldini es irresistible para este cronista.

Simultáneamente, los pocos automovilistas y colectiveros que se dirigían en dirección al centro de la ciudad rumiaban de broca ante la tamaña osadía de las fuerzas policiales de la Federal de haberlos desviado en su trayecto por la calle Ramón L. Falcon: “por culpa de una marcha de ‘vagos’”, habrán pensado.

Las mujeres de diversas edades, que en su gran mayoría se desplazaban con los rostros ajados por la vida, la tez morena, los ojos levemente achinados, el gesto adusto, los cabellos que no conocen de peluquería, ensayaban cantar las consignas al compás de los bombos y los instrumentos de viento que sonaban con estridencia. Además arrastraban los cochecitos con sus pibes, aunque otras los llevaban a upa mientras daban de mamar: todos signos que delataba que procedían de los barrios humildes y empobrecidos. Sin embargo, las más jóvenes con los pechos marcados por las remeras de organizaciones, con la cara de Evita o de Perón, o con consignas bordadas más que en la tela debajo de la piel, encogidas después de tantas batallas saltaban y cantaban al son de los cánticos y los fraseos colectivos.

El bullicio de una marcha lenta pero continuada, siempre en dirección este, sin dudas sorprendió la tranquilidad habitual de los porteños un domingo temprano. Algunos saludaban el paso de la columna aplaudiendo o acompañando los cantos: muestras de simpatía, de adhesión, de identidad. Otros ubicados en Lacarra y Rivadavia, donde unos quince adultos se desgañitaban en afirmar que “vamos a volver”, a lo que la multitud que comprendió al instante que los de Floresta estaban ahí “como zapos de otro pozo” optó por tomarlo con indiferencia. Sin embargo, otros vecinos más prudentes, o por lo menos más articulados con los motivos de la jornada, esgrimían sus carteles hechos a mano “contra los tarifazos” y poniendo blanco sobre negro el drama del desempleo y el gobierno del “cambio”.

Al llegar al barrio de Flores a las 10.40 horas, la columna se había ensanchado considerablemente. La multitud se tomó un breve descanso a la altura de Carabobo. Asomadas por esa avenida con banderas manuscritas de multisectoriales y agrupaciones o desde los departamentos, se saludaba a la concentración.

Eran cerca del mediodía cuando la procesión popular llegó hasta Acoyte y Rivadavia. En contra de la presunción de este cronista por la procedencia del barrio, centenares de hombres y mujeres de todas las edades se agolpaban en la esquina para “romper” sus manos con los aplausos. Otra vez el espectáculo de las banderas de multisectoriales abundaba por doquier.

A esa hora el sol añorado del invierno se posaba sobras las cabezas de la multitud. Algunos entre los más humildes habrán reflexionado que el astro rey es el más igualador de los seres de nuestra existencia: ilumina, abraza, sensualiza a la totalidad sin distinciones ni diferencias sociales, de color, edad, sexo o nacionalidad. Muy por encima por cierto de los seres humanos y sus leyes insalvables cuando en la tierra domina el poder neoliberal.

La columna de manifestantes, como la bronca por las tarifas, no paraba de crecer. La escena de mujeres adultas desde sus balcones en lo alto con las persianas a medio abrir, moviendo sus manos en señal de saludo no paraba de repetirse.

En ese instante, la amalgama de un trenzado cuerpo con cuerpo en la calle diciendo lo suyo, que se componía, sin embargo, de agrupamientos sociales y políticos que en el pasado reciente se había desencontrado, permitía percibir, quizás, que una nueva mayoría popular estaba emergiendo desde los suburbios y las periferias.

No obstante, otros vecinos de Caballito y Almagro, un poco más candorosos, llegaban en silencio hasta el kiosco del canillita para retirar La Nación o Clarín, como lo hacen habitualmente un día de descanso como este. Por su colonialismo pedagógico o por lo que fuera, miraban de reojo a la marcha de color café con leche. Esos lectores caían en la cuenta que tenían frente a sí, ante sus mismos ojos sin mediaciones, a los que sus editorialistas predilectos señalan diariamente como los obstáculos que hay que eliminar para la marcha venturosa del país hacia “el destino de grandeza”, “sin conflictos”, “con diálogo”. Sorprendidos por un encuentro imprevisto e inesperado, quizás reeditaban inspirados en el recuerdo por aquel octubre de 1945, una nueva preocupación esta vez en agosto: el irremediable aluvión “del pobrerío que quiere seguir viviendo a costa del estado”, es decir, “a costa de nuestros impuestos”.

En la intersección de La Rioja y Rivadavia, en el corazón de Once, una nutrida columna de la Federación Argentina de Cartoneros y Recicladores, y del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) se plegó a la movilización esperando el momento adecuado para introducirse en la marea. El clima de alegría por saber qué estaban ahí todos juntos intensificaba los cuidados para evitar cualquier forcejeo que arruinara el encuentro.

Al cruzar la avenida Jujuy, la leve declinación topográfica que presenta ahí calzada sobre Rivadavia dejaba visualizar que a 400 ó 500 metros más adelante había un mar de gente, lo que aseguraba a esta altura que la marcha era multitudinaria.

Frente ya al edificio del Congreso, el tránsito humano entró en marcha lenta porque los cuerpos emergían desde todos lados y direcciones. Un poco más allá, en la Plaza de los Dos Congresos un camión albergaba una Radio Abierta donde la locutora arengaba a la multitud a continuar en la calle y explicaba con argumentos racionales por qué caminaba el pueblo en dirección de la Plaza.

Paralelamente, un coro de trompetas, que aunque no sonaban como Louis Amstrong, entonaban los acordes de la marcha peronista, que si bien no cantaban con la solvencia de Hugo del Carril, dejaba afónicos y afónicas a los que estaban en esa zona.

En inmediaciones de la Avenida 9 de Julio el andar se paralizó por un buen rato. Unos artistas populares “colgados” de la playa de otro camión interpretaban canciones populares que la masa cantaba al unísono. En la avenida “más ancha del mundo” hacia el sur otras columnas de varias cuadras del Movimiento Evita con las banderas al viento aguardaban para sumarse a la marcha.

La multitud abigarrada sobre la Avenida de Mayo era tan inmensa que impedía orientarse acerca de cuántas cuadras faltaban para llegar a la Plaza histórica; se perdía verdaderamente la noción del espacio y del tiempo No obstante, un penetrante olor a chorizo que emanaba de los carritos que siempre están indicaban que estábamos frente al Cabildo, con una Pirámide que no se divisaba por la interposición de gente, banderas y carteles.

Después de 11 kilómetros de recorrido, la algarabía de la jornada colectiva e intensa y algunas ampollitas en los talones era la hora del retorno.

De vuelta algunas ideas imprecisas quedaban girando por el aire. La primera, a modo no de un descubrimiento, sino como la posible confirmación de una certidumbre, no obstante, con forma de interrogante: ¿no estamos en presencia de una nueva mayoría popular que se construye “codo a codo”? La segunda tiene también la forma de una interrogación: los que siempre se acomodan ¿no estarán pensado que llegó el momento de “bajar a la calle” ante el temor que la marea puede dejarlos afuera de la corriente? Por último, una certeza que brota por los cuatro costados: este pueblo no se arredra ante el poder neoliberal, no se corre de sus posiciones y aprendizajes; por el contrario, en momentos decisivos activa la experiencia que le dejó el peronismo en el siglo XX y el XXI: las mayorías y los triunfos colectivos se construyen en la calle La enseñanza de una camada de dirigentes como Raimundo Ongaro: “sólo el pueblo salvará al pueblo”.

(*) Panorama Federal / Radio Gráfica

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